Barça 130 Julio - Agosto de 2026 | Page 30

BALONMANO

B A R Ç A N 1 3 0

EL TÍTULO QUE NO PUDE EVITAR CELEBRAR

Por MIQUEL MUÑOZ
JEFE DE PRENSA DEL BARÇA DE BALONMANO

Siempre me ha costado el momento de las celebraciones. Es la hora de los jugadores, los auténticos protagonistas. Los demás somos invitados a su fiesta. Es inevitable que las emociones afloren para quienes hemos pasado diez meses dejándonos la piel, viajando dos veces por semana y sacrificando prácticamente todo a nivel personal y familiar, pero ganan y pierden los que están en la pista, solos ante la gloria o la fatalidad. Por eso intento que las emociones me recorran por dentro, tanto si levanto una Supercopa de Catalunya como una gran EHF Champions League. Con una única excepción: el triunfo de este mes de junio en Colonia. Porque este equipo ha hecho que todo sea diferente. Y no lo digo por el juego o por el pleno de siete títulos, sino por la grandeza humana que ha demostrado, que trasciende cualquier resultado.

La forma de ser del Barça de balonmano 2025 / 26 ya empezó a verse en la pretemporada, durante la estancia en Andorra. En Encamp es tradición que, una vez terminados los entrenamientos, algunos jugadores invadan el riachuelo que bordea el pabellón. Meten los pies en el agua fría y, los más valientes, se sumergen por completo. Alrededor de este ritual de recuperación suelen formarse los grupitos del vestuario.
Pero esta pretemporada, con nueve caras nuevas, fue distinto. Día tras día, los grupitos fueron creciendo. El lunes había cuatro o cinco jugadores en el agua. El martes, dos grupos de cuatro. El miércoles ya no eran ocho, sino diez, y todos juntos. El jueves aquello parecía más una piscina municipal que un riachuelo. Y el viernes, en la última sesión de la semana, todo el equipo, sin excepción, se remojó a la vez. No hubo ninguna directriz, ninguna orden: todos querían estar genuinamente juntos.
Eso ha marcado la diferencia durante toda la temporada 2025 / 26. Este Barça ha sido un bloque para todo: para entrenar duro, para reír y para llorar, para remangarse cuando hacía falta y para celebrar cuando tocaba.
Tres de los títulos más importantes del curso han llegado desde el sufrimiento extremo. La Supercopa Ibérica, en los penaltis. La final del Mundial de Clubes, en la prórroga. El acceso a la final de la Champions, también mediante el tiempo extra. Cuando en los momentos de máxima dificultad siempre sale cara, la casualidad deja de ser un factor.
Este bloque es sólido y maleable al mismo tiempo. Conviven en él veteranos contrastados por currículum y generosidad humana, jugadores emergentes con ganas de hacerse un nombre y, por encima de todo, un sentimiento culé que nunca había visto en un vestuario. La convocatoria para la Final Four tenía a nueve jugadores formados en la casa. Y eso, sumado a un entrenador que lleva dieciséis años en el Palau entre la pista y el banquillo, da una identidad diferencial.
No descubro nada destacando la importancia de Antonio Carlos Ortega. Con las seis Champions que consiguió como jugador— cinco de ellas en el Dream Team— y las tres que ya tiene como técnico, Ortega es la única persona con nueve Copas de Europa de balonmano. Es, sencillamente, Mister Champions. Y todas están en el Museo del Barça.
Haber estado en tantas batallas, y haber ganado la mayoría, aporta un punto extra de serenidad. Todavía tengo grabada la charla posterior al último entrenamiento de la temporada. En Colonia, el viernes previo a las semifinales, Ortega reunió al equipo en el círculo central. No les habló de ganas de ganar, de ambición o de intensidad. Los miró a los ojos y les pidió justicia. « Os merecéis esta Champions más que nadie. Haced justicia a vuestra temporada y ganadla, por vosotros y por todos los culés ». Dicho y hecho, míster.